Hoy no tengo algo “bueno” que contar, pero sí algo real. Tuve cita de un ultrasonido de tiroides, y me encontraron varias bolitas. Saliendo de ahí me puse a llorar — y lo primero que hice, casi sin pensarlo, fue llamar a mi novio.
Ese detalle se quedó dándome vueltas después. Porque antes de tenerlo a él, este tipo de cosas me las guardaba completamente para mí. No las expresaba, no las compartía, las procesaba sola y ya. Y ahora, sentir que la primera persona a la que recurrí fue él, me hizo sentir vulnerable — de una forma que todavía estoy aprendiendo a manejar, si soy honesta.
Me vino a la mente una frase de Sigmund Freud que se me quedó grabada hace tiempo: “Las emociones reprimidas nunca mueren, son enterradas vivas y saldrán de la peor manera.” Y creo que tiene mucho que ver con esto que estoy viviendo.
Creo que muchas veces le tenemos miedo a ciertas emociones — las que consideramos “negativas” — y sin darnos cuenta las empujamos hacia adentro, las escondemos donde ni nosotros mismos podamos encontrarlas fácilmente. Al principio parece que funciona: no sientes, no duele, sigues avanzando. Pero con el tiempo, esa costumbre de esconder en vez de soltar termina cobrando factura de alguna forma — tarde o temprano, lo que no se procesa encuentra una salida, y casi nunca es la más sana.
Durante mucho tiempo, yo hice exactamente eso. Y ahora, con mi pareja, siento que puedo sacar esas emociones en vez de enterrarlas — aunque todavía me cuesta, te seré honesta. No es un cambio automático solo porque ahora tengo a alguien con quien compartirlo; es un proceso, y a veces todavía peleo con el reflejo de guardarme las cosas.
Sobre lo médico: por ahora tengo la cita abierta, todavía me faltan unos estudios de laboratorio. El doctor que me atendió ese día me tranquilizó bastante — me dijo que no me preocupara, que no se veía que las bolitas fueran malignas — pero la última palabra la tiene el endocrinólogo, así que sigo en espera. Ahorita, mientras escribo esto, estoy tranquila.
No sé cómo va a terminar este capítulo todavía. Pero si algo me está dejando ya, es esta lección sobre mí misma: que no tengo que procesar todo sola, que pedir apoyo no es debilidad, y que aprender a no reprimir lo que siento es un proceso que vale la pena, aunque a veces cueste.
