julio 12, 2026

Lo que Megan me ha enseñado sobre el amor, el miedo y el tiempo

Megan llegó a mi vida cuando yo iba en segundo de secundaria, allá por 2013. Nací en el 2000, así que llevamos juntas ya casi 13 años — aunque ella, con sus 15 años encima, ha vivido más de lo que yo alcanzo a recordarle. En ese momento de mi vida, la verdad no era una persona de muchos amigos, y saber que Megan me esperaba en casa era un alivio enorme. No hacía falta nada más: llegar y saber que ella estaba ahí ya era suficiente.

Con el tiempo pasamos por muchísimas cosas juntas. Recuerdo su primer embarazo, que no se logró — yo le ayudé como pude, y lloré muchísimo. Estaba en mi primer semestre de universidad cuando pasó. Después vino un segundo embarazo, y esa vez la llevé en brazos hasta la veterinaria; ahí se decidió operarla. A veces pienso que me hubiera encantado tener hijitos de ella, tener varios pedacitos suyos regados por ahí — pero no se pudo, y está bien, así fue.

Hay un pensamiento que me visita seguido: espero irme yo antes que mis perritos, para no tener que experimentar el dolor de ya no tenerlos. De una forma o de otra, ellos me robaron el corazón y me lo dieron todo — sin condiciones, sin pedir nada a cambio.

Tengo un recuerdo muy tierno guardado: una cobija café clara donde Megan se acostaba, y yo jugaba a “¿dónde está mi Megan? La perdí, se camufló en la cobija.” Cosas pequeñas así son las que más se quedan. A Megan también le encanta acostarse encima de las mesas — es una broma recurrente en mi familia que ella es literal “nuestro florero.”

Megan también estuvo presente en decisiones grandes de mi vida. Sigo pensando en esa disyuntiva: A) no mudarme de casa de mis papás, perderme esa etapa de independencia que “todos deberían vivir” en algún momento, y seguir en un trabajo que no me valoraba del todo, o B) aventurarme a la vida independiente, pero eso significaba ya no vivir con mis mascotas, y buscar las mejoras laborales que solo existen en la ciudad. No es una decisión sencilla cuando de por medio está alguien a quien amas tanto.

También me acompañó en uno de los momentos más difíciles de mi salud: cuando me diagnosticaron el Síndrome de Anticuerpos Antifosfolípidos (SAFL), y antes de eso, cuando detectaron el Síndrome Ovárico Metabólico Poliendocrino (SOMP). No sé cómo explicarlo bien, pero tener a alguien —aunque sea de cuatro patas— presente en esos momentos, hace toda la diferencia.

Hubo una época, en mi primer trabajo, en la que salía casi a las 10:30 de la noche y llegaba a casa alrededor de las 11:30. Era un periodo en el que ya no vivía con mi familia, y solo mis mascotas — Megan junto con Oso — me esperaban a que regresara. Verlos ahí, esperándome a esa hora, era un alivio enorme. Me encantaba llegar y abrazarlos fuerte. También estuvieron presentes en uno de mis momentos más difíciles en ese trabajo, cuando tuve ese incidente de “tirar producción” del que ya platiqué por aquí — me vieron llorar de pura ansiedad, sin decir nada, solo estando ahí.

Este lunes voy a ir a casa de mis papás a visitarla. Ahora ya no sube escaleras, ya se volvió “perrita de brazos,” toma medicamento para el corazón, y hace poco me avisaron que tuvo una apnea de sueño. Sé que estas son las señales de una vida larga llegando a una nueva etapa, y no es fácil sostener esa idea en la cabeza.

Pero si de algo estoy segura, es de esto: casi 13 años de compañía como la que Megan me ha dado no tienen precio. Y pase lo que pase de aquí en adelante, ya me lo dio todo.

Para mí, Megan es mi sol — literal tengo un anillo con un sol amarillo que la representa, porque así es como se siente ella: como un sol cálido, como una cobija.

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