Empecé a jugar terror casi sin planearlo. No sé exactamente en qué momento pasé de tenerle miedo a las películas de terror a buscar activamente juegos que me pusieran los nervios de punta — pero en algún punto entendí que ese susto controlado, el que sé que no es real, es de las formas más efectivas que he encontrado para bajarle el volumen a la ansiedad de verdad. Cuando estoy metida en una partida, mi cabeza no tiene espacio para pensar en nada más — todo mi enfoque está en sobrevivir, en el sonido de unos pasos acercándose, en si logro escapar o no. Es una distracción total, y a veces eso es justo lo que necesito.

Ahora mismo, mi juego favorito por mucho es Dead by Daylight. Para quien no lo conozca: es un juego asimétrico de 4 contra 1, donde cuatro sobrevivientes tienen que reparar generadores y escapar, mientras un jugador controla al asesino que intenta cazarlos antes de que lo logren. Es tensión pura del principio al final — nunca sabes si el generador que estás reparando es el que te va a salvar, o si el asesino ya viene directo hacia ti.
Hace como un mes también le entré al nuevo Resident Evil Requiem, aunque tengo que admitirlo: odio los acertijos. Eso de andar buscando claves y resolviendo puzzles no es lo mío para nada. En cambio, sí amé Resident Evil 6 — y no me da pena admitirlo, aunque sé que no es precisamente el favorito de la crítica. Me pongo modo Punisher: “sí me encantó, y lo volvería a jugar” JAJAJA.
Algo que he notado es que jugar sola y jugar con amigos (o en stream) son experiencias completamente distintas. Sola, el terror es más íntimo — puedo asustarme en silencio y a mi propio ritmo. Pero jugar con amigos, o transmitiendo en Twitch, le agrega otra capa: ya no es solo sobrevivir, es sobrevivir mientras te ríes de lo que está pasando, o mientras alguien en el chat te dice cosas que te distraen justo en el peor momento.
Justo de ahí viene una de mis anécdotas favoritas. Estábamos a nada de escapar en una partida de DBD — generadores listos, puerta de salida abierta, básicamente la partida ganada — y justo en ese momento se le acabaron las baterías a mi control de Xbox. Ahí quedé yo, inmóvil, convertida sin querer en el villano del stream: no por el asesino del juego, sino por mí misma dejando a mis compañeros colgados en el peor momento posible. Nos reímos muchísimo mis amigos y yo — de esas anécdotas que terminas recordando más que las partidas que sí ganaste limpio.
Ahora yo también quiero jugar algo de terror! Gracias por compartir tu anécdota.